Mientras más intentamos concentrarnos para trascender nuestras fronteras del pensamiento, más nos negamos la oportunidad de acariciarle el alma a Dios.
Es precisamente ahí en el rojizo camino entre el mar y el cielo (que invariablemente nos lleva a la santidad) donde se encuentran los momentos de paz, de felicidad compartida con todo el universo. No es energía ni karma, es el deseo de caminar, es, creo yo, el placer de la búsqueda.
Puedo llenarme de emoción al decir que he encontrado ya demasiadas coincidencias, pero me alegran más las que vienen, aquellas por las que nos despertamos todos cada día.
Al final creo que de eso se trata, de empezar de nuevo cada día con sus responsabilidades, pero sobre todo con sus posibilidades.
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