Supuestamente bastan dos palabras, según se nos enseña no importa el dolor o el tamaño del sufrimiento siempre y cuando tengamos el valor de mirar de frente, directo a los ojos y ofrecer una disculpa, eso si, sincera. De entrada me parece demasiado poco ofrecer dos palabras cuando se utilizaron más para deshacer el empuje de alguien. Pero luego me detengo y se que no es poco; la otra opción es pedir no que nos disculpen sino que nos hagan un daño similar al que hemos causado y es justo ahí donde me detengo, que conste que no por ideas religiosas o morales de no hacer justicia por propia mano y menos aún por falta de valor a enfrentar lo que me pudieran hacer. El freno es porque dentro de mi encuentro yo sólo todo aquello que me ha causado dolor y se encontrarán peor que mis fantasmas, mis pérdidas y mis deseos. Nada como el hecho de que soy humano y me duele y sueño y vivo.
Por eso y sólo por eso les ofrezco mi disculpa sincera.