Ahora que te veo y que me recuerdas a los que ya se han ido ineludiblemente pienso en mi final y me da pavor, pero el verte hoy a tus 86 años, con calma, creyendo en Dios como tal vez nunca habías creído; resistiendo uno y otro embate me tranquilizo, el escalofrío que me recorría desde hace meses se ha ido. Si, lo inevitable está más cerca que nunca, sólo queda observar cómo se va tu sangre, tu fuerza; esa misma fuerza de la que nos admirábamos tantos, el verte recorrer erguido el largo camino que te tocó vivir fue y será siempre motivo de orgullo y ejemplo para los que nos quedamos.
Te conozco de hace menos años que muchos otros y eso me da otra perspectiva, ignoro si mejor o peor, simplemente diferente y hoy la disfruto como nadie. Te rezo, te encomiendo a Dios y puedo dormir en calma, dejar fuera de la casa las tristezas, esas que parecen peleas nocturnas de gatos.
Al sonido del clarín, siempre de madrugada, perfectamente vestidos y dejando atrás todo en orden; ese es el despertar de un soldado, el que heredaste , el que por convicción mantuviste hasta que la fuerza física dispuso otra cosa. Hoy de ese clarín queda el eco, la repetición eterna del sonido metálico.
Probablemente hoy fue nuestra última plática telefónica, mañana te contaré otras cosas, pero me quedo con nuestro saludo (sólo tuyo y mío) con tu apodo, con tu fuerza y si, tu sonrisa. Te abrazo abuelo hasta que allá en la eternidad nos juntemos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario