De repente llega así sigiloso, sin ganas y entra en tu puerta uno de esos días en los que parece que nadie tuviera la culpa de nada. La tranquilidad hasta espanta en estas ciudades que necesitan del caos para mantener la marcha, si ya no vamos hacia el caos, ya llegamos y casi me temo que ahora el nos necesite para justificarse al menos en el diccionario. Así tan radical se reintentan los términos. Me perdonara mi maestra (siempre querida) pero la etimología hoy nos puede acercar a lo que huele una palabra, pero nos hemos encargado de reinventarnos los significados hasta casi reventarlos.
Pero regreso a que de pronto en la calle domina el silencio, el agua se encargo de llevarse los últimos desechos de la fiesta y nos quedamos con frío, sintiendonos casi desnudos. De las maravillas de vivir rodeado de tanta gente es que sin querer te cobijan con su indiferencia, pero es muy diferente salir y que vuelvas a escuchar tus pasos, a sentir que tu sombra te persigue y oler las pocas hierbas que se mantienen entre el pavimento de las banquetas.
Huele a limpio, a huele de noche y a tu recuerdo.
Es verdad que el silencio nos provoca inevitablemente una lucha, nos lleva a pelear con nuestra propia mente (el psique que le dicen) nos lleva a tratar de entender la visa y sus circunstancias; pero hoy y gracias a los cohetes que no dejan de sonar he decidido dejar de intentar, hoy vuelvo a mi, a mis humores y mis errores, a sentir que puedo sentir, a ti y a mi y a Dios. Los que gusten me pueden alcanzar.
Por cierto les dejo un beso.

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